
Nos conocíamos de toda la vida. Hacía más de diez años que no coincidíamos de veraneo en el pueblo. Nos encontramos paseando nuestros perros por el campo un anochecer fresco de agosto. Ambos nos quedamos parados, mirándonos hasta que ella dijo:
-- Dame un beso.
El primero se quedó en las mejillas, el segundo del protocolo se escapó a los labios. Yo la abracé con fuerza; ella me echó sus brazos al cuello. Nadie nos veía, los perros se olisqueaban y jugaban en el prado cercano. Mi mano se coló bajo su falda. Se apretó contra mí. La senté en la pared de piedra berroqueña. Le mordí en el cuello y ella a mí. Bajé hasta el pecho y desabroché su blusa. Ella suspiró. Levanté su falda y metí la cabeza entre sus piernas. Ella puso sus manos sobre mi pelo. Seguí hurgando. Ella suspiraba. Me bajé los pantalones. Sentí sus piernas sobre mis hombros. Busqué sus labios de nuevo.
La escena no duró más de diez minutos. Para los dos fue la segunda vez desde que dejamos colgada para siempre la adolescencia en una casa de heno cercana otra tarde parecida.
Llamamos a los perros. Cuando regresamos, su marido y mi esposa charlaban amigablemente tomando una cerveza en la terraza de un bar.